Mucho más que un hotel


en Almodóvar del Campo

“Sigilosamente, golpeé el imponente portón
de madera y hierro que se erguía frente a mí”

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Hora del almuerzo

Casi al unísono, las campanas de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción dieron las dos en punto. Se respiraba el aroma de tantos cocidos que se guisaban en las casas de Almodóvar del Campo cada día a esa hora.

Solo por eso, ya había merecido la pena reservar el Hotel Rural Sisapo.

¿Serían estos placeres gastronómicos los que seducirían a Cervantes también y le harían visitar esta encantadora población manchega en repetidas veces?

Incluso a través de la gruesa madera de roble que me separaba del interior de este acogedor hotel en Almodóvar del Campo, conseguí percibir el ritmo de unos pasos que se acercaban a abrirme: tal era el sosiego que se vivía aquí a esta cálida hora del día.

El portón
chirrió al abrirse

Nunca he sido partidaria de la ostentación.

Prefiero los espacios minimalistas donde cada objeto, cada piedra, cada losa, tiene su razón de ser.

Por eso precisamente escogí el Hotel Sisapo.

“¿Te fijaste en la Piedra de la Suerte de la Fachada?”

me preguntó mientras yo admiraba los tejados de colores de las casas de Almodóvar del Campo que se veían desde el pasillo exterior.
“¿La piedra de la Suerte? No…”
“Cuenta la leyenda que, todos los visitantes que la toquen al finalizar su estancia tendrán asegurados el éxito y la suerte, y la garantía de regresar en el futuro. Así que no te olvides…”
“¿Ah sí? No, no lo olvidaré,”

“¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!”

Sus pies se deslizaban con soltura por los motivos geométricos de los azulejos de cerámica. Había leído que los mosaicos eran uno de los iconos del yacimiento arqueológico de Sisapo pero no me hubiese fijado que incluso las casas de este pueblecito lucirían cerámicas tan bien conservadas.

Solo conseguía asentir a sus palabras y esbozar una sonrisa.

La geometría de aquellas baldosas parecía haberme hechizado.

“Esta es la mejor hora para tomarse un respiro”, me dijo con una sonrisa.

Saqué la polémica versión adaptada al castellano moderno de Don Quijote, y empecé a leer.

Equilibrio.

Algo me obligaba a recrearme indefinidamente en todos los elementos de este patio manchego:

sus muros rocosos, sus paredes blancas, las esbeltas columnas, el corretear del agua, el reflejo de la luz en las ventanas…

“No tengas prisa”,
me dijo.

No la tuve.

Habitación Cinco.

¿Cómo sabían que era mi número favorito?

“No te preocupes por las maletas. Te las subimos nosotros inmediatamente.”

Fue buscar “Alojamiento en Ciudad Real”, ver las imágenes de este hotel, y pensar: no busques más.

Con el tiempo, he aprendido a confiar en mis instintos.

Una vez más,
no me han defraudado.